Viviendo libres de ofensas

Hace poco me platicaron sobre la regla del 10/90, no sé si la conocen pero básicamente habla de que todo lo que nos sucede en la vida está condicionada por como respondemos a lo que nos sucede, sobre todo a las ofensas, siempre he considerado que la ofensa es la carnada que el enemigo nos muestra a los creyentes, pues si no la sabemos manejar la ofensa no perdonada, crea rencor y se infiltra en nuestro corazón hasta límites inimaginables.

Desde hace 4 años he estado trabajando en un área administrativa en donde la atención al público es una función relevante, y evidentemente en una dependencia de salud federal se presentan frecuentemente personas con inconformidad en el trato a su persona o a algún familiar, y de verdad a veces llegan más que enojadas, justificadamente o no, es intimidante y frustrante que se te falte al respeto, cuando tu estas en una posición de ayudarlos. Bueno esta situación al principio me costó mucho trabajo ya que no soy de un temperamento pasivo, y me exaltaba con facilidad, sin embargo cuando la palabra de Dios me rebelo en Prov. 15:1 que la respuesta amable calma el enojo y la violenta lo excita mas, nada más cierto en esos momentos de confrontación. 

Y no solo he experimentado como la gente necesita escuchar palabras amables, de esperanza y paz, pues este mundo y sus ofensas tienen a las personas exaltadas, inquietas y necesitadas de comprensión.

Cada vez que alguien llegue enojado o que no te contesta cuando le hables, el Espíritu nos ha enseñado que en vez de juzgar rápidamente, seamos rápidos para mostrar comprensión y perdón, pues no sabemos cuál es la batalla que está atravesando aquella persona que nos ofendió o nos ignoro o que es duro en el trato con nosotros, por lo general la persona con amargura o que tiene una mala actitud, tiene un problema que  desconocemos, puede ser un conflicto en su matrimonio o económico o con un hijo, y ante esta situación debemos de ser considerados y mostrar piedad y perdón, antes de juzgar con rapidez.

En el hermoso pasaje del primer libro de 1 Corintios 13:5 Dios nos enseña que el amor no se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.

Nunca debemos de apartar nuestra vista de quien es nuestro Padre, El es el príncipe de Paz, El es ese amor que nuestra mente no alcanza a comprender, El que nos busca cada vez que nos escondemos, el que nos abraza cada vez que nos equivocamos y no despega sus ojos amorosos de los nuestros, somos sus hijos, somos hijos de Paz  y no podemos mostrar otra cosa que su Espíritu.

Porque el fruto del espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Gal. 5:22-23

 

Dios es nuestra fortaleza

Dr. Francisco Palacios Blancarte



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